Yo, ¿quién soy yo?

Pregunta simple, de complicada contestación. Desde que tuve consciencia me lo he venido preguntando. Nací en el 80, en marzo y aunque recuerdo muchas cosas, comencé a entrar en razón, de mi y mi entorno, cerca de los diez años. De allí en más, recuerdo las experiencias que marcaron mi vida y que me llevaron, paulatinamente, a preguntarme frente al espejo, ¿Quién soy?

Frente al espejo

Me preguntaba quién me había hecho, de dónde venía, cómo todo coincidió para que yo estuviese allí, frente a mi, qué me hacía distinto y lo más importante, cuánto duraría. Coño, era evidente que en algún momento iba a desaparecer, pero, ¿cuándo y por qué causa? Me tocaría, de eso no me cabía la menor duda, pero ¿por qué las cosas tenían que ser así?

Allí estaba yo, irremediablemente, en cada ocasión frente al espejo, creciendo (bueno, envejeciendo, no crecí mucho), detallando cada milímetro de mi piel, mirándome a los ojos constantemente tratando de encontrar indicios de muerte. Digo “de muerte” y no “de la muerte”, porque pensaba que la muerte sólo podía venir de nuestro interior, como si al llegar la fecha de vencimiento, expiraríamos.

También de terceros

Eso pensaba constantemente, ¿cuál sería mi fecha de expiración? hasta que un día, estando en la biblioteca de la UPEL acompañando a mi mamá, leí un recorte de prensa pegado en una cartelera, en el que se relataba la historia de una persona, que fue apresada en alguna guerra por el bando enemigo y que lo sentenciaban a morir fusilado.

No digo que hasta la fecha no hubiese escuchado o visto, por la tele, algún hecho de violencia, pero ¿fusilado? Es decir, ¿le disparaban de manera intencional a una persona, para quitarle la vida? ¡Impensable!

Esa historia hizo click en mi cabeza y debo reconocer que le cambió el sentido a mi vida. Dejé de pensar en la fecha de expiración, en cambio, la muerte, ahora, era un “tercero” que decidía cuándo llevarte.

Sin embargo, a pesar del horror que me causaba el hecho y que desde ese instante, cambió mi perspectiva, aún no estaba resuelto el acertijo que se me presentaba al espejo.

¿Configurados de fábrica, creados por la sociedad o todas las anteriores más una?

A pesar de que los genes juegan un papel definitivo a nuestra composición física y mental, mientras crecía, solía pensar que eso no lo era todo. Si bien si determinan nuestras formas, colores, estaturas, inteligencia (o la capacidad para desarrollarla), me inquietaba el hecho de que ese artículo, había cambiado mi forma de pensar, de vivir. Y es que, si eso lo había hecho un artículo, ¿qué otros factores intercedían en mi forma de desarrollarme y de ser?

Entonces, me sentí como un muñequito de acción, de esos con los que jugaba; es decir, ellos (los muñequitos) venían con características únicas y equipamiento especial que lo hacía “clasificable”, para una u otra tarea específica, pero el entorno (o sea, yo) podía lograr desviarlo de lo que originalmente sería su destino y terminaba haciendo, o siendo, una cosa totalmente distinta. Venga, incluso si la luna afectaba al mar, ¿cómo es que no me iba a afectar a mi? Pues estaba claro, que ese “yo”, objeto de mi búsqueda, cambiaría con el tiempo.

Sin embargo, no dejaba de pensar en que, además de esos dos factores antes expuestos, había algo más, algo más grande que yo (y no en estatura) sino que venía de bien arriba o bien dentro de mi, y es que, de no ser así ¿quién es ese con el que hablo, que tiene mi propia voz y me conoce mejor que nadie? Pues no podía ser yo mismo, pero si comprendí que es el mismo con el que hablaba a través del espejo.

Desde ese momento, dejé de hablar con el espejo y comencé a hablar con su homologo que residía en mi interior. Me ayudó a conocerme.

De este tema hay mucho más que contar. Poco a poco. Con calma.

¡Ah! por cierto, el fusilado, aún atado en un tronco, tardó en morir tres horas luego de recibir múltiples impactos de bala y aún me desespera la idea.

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